Harvard Medical School
Los últimos hallazgos ponen de relieve la relación entre estas tres afecciones. Los tratamientos sin fármacos pueden resultar de ayuda.
El dolor crónico complica la vida cotidiana, tanto física como emocionalmente. Definido como un dolor que dura más de tres meses, el dolor crónico suele afectar a los músculos, los huesos, las articulaciones o los tejidos circundantes.
Pero esta afección común —que afecta al menos a una cuarta parte de los adultos en Estados Unidos— también puede ser perjudicial para el corazón. Nuevas investigaciones sugieren una relación entre el dolor y la hipertensión arterial, que podría estar provocada en parte por la depresión.
Nuevas pruebas
Publicado en el número de enero de 2026 de la revista Hypertension, el estudio incluyó datos de salud de más de 200 000 adultos (con una edad media de 54 años) a los que se realizó un seguimiento durante unos 14 años.
En comparación con las personas que no referían dolor, aquellas con dolor crónico generalizado tenían un 75 % más de probabilidades de desarrollar hipertensión; las que padecían dolor de corta duración tenían un riesgo un 10 % mayor. El estudio fue observacional y no puede demostrar que el dolor fuera la causa real de la hipertensión.
Sin embargo: «El dolor crónico y la depresión suelen coexistir, y ambas afecciones están asociadas a respuestas fisiológicas al estrés que pueden contribuir al aumento de la presión arterial», afirma la Dra. Danielle Sarno, profesora adjunta de Medicina Física y Rehabilitación en la Facultad de Medicina de Harvard.
Los resultados sugieren que el dolor crónico es una razón más por la que se debería realizar a los adultos un cribado rutinario tanto para la depresión como para la hipertensión arterial.
Medicamentos para el dolor crónico
Algunos medicamentos pueden ser eficaces para el dolor crónico, pero es importante tener en cuenta que los antiinflamatorios orales, como el ibuprofeno (Advil, Motrin), pueden elevar la presión arterial y tener otros efectos secundarios.
Para la artritis, los medicamentos antiinflamatorios tópicos, como el gel de diclofenaco (Voltaren), aplicados directamente sobre la articulación, suelen funcionar bien y tienen menos efectos secundarios que las pastillas. Otros medicamentos, como la gabapentina (Neurontin) y la pregabalina (Lyrica), tienen un menor impacto en la presión arterial y son eficaces para el dolor de origen neurogénico.
Los antidepresivos, como la amitriptilina o la duloxetina (Cymbalta), pueden resultar especialmente útiles para las personas que padecen tanto depresión como dolor crónico.
Formas de tratar el dolor sin medicamentos
Aunque los medicamentos alivien el dolor crónico, pueden provocar efectos secundarios intolerables o aumentar el riesgo de complicaciones, especialmente si se toman a largo plazo.
Las terapias no farmacológicas pueden ayudar, ya sea por sí solas o en combinación con otros tratamientos. «El ejercicio es uno de los tratamientos que ofrece beneficios de forma más constante. Para muchas personas, resulta útil trabajar con un fisioterapeuta, que puede guiarle para desarrollar de forma segura su fuerza, movilidad y confianza, y crear un programa de ejercicios que pueda realizar en casa», afirma la Dra. Sarno.
Otros cambios útiles en el estilo de vida incluyen una dieta saludable, dar prioridad al sueño reparador, controlar el estrés, evitar sustancias de riesgo como el tabaco y el alcohol, y fomentar las relaciones sociales positivas, añade.
Enfoques psicológicos
Las terapias psicológicas que abordan los pensamientos negativos y las percepciones del dolor también han demostrado ser beneficiosas. Una opción es la terapia cognitivo-conductual para el dolor crónico, que le enseña a replantearse sus pensamientos, emociones y reacciones ante el dolor. Esto ayuda a aliviar la angustia y a mejorar el funcionamiento, especialmente en personas con depresión u otros trastornos del estado de ánimo.
Otra opción es la reducción del estrés basada en la atención plena (MBSR), un programa estructurado de ocho semanas que incluye técnicas de meditación y atención plena y que ayuda a reducir el estrés y las reacciones emocionales relacionadas con el dolor.
Este enfoque permite a las personas adoptar un papel más activo en el cuidado de sí mismas y se ha demostrado que disminuye la intensidad del dolor y los niveles de angustia.
Cada vez hay más pruebas que respaldan la terapia de reprocesamiento del dolor, que se centra en cómo el cerebro interpreta las señales de dolor y ayuda a reducir las respuestas al dolor basadas en el miedo, afirma el Dr. Sarno. Esta terapia puede resultar especialmente útil para personas con trastornos de dolor nociplástico (como la fibromialgia) que surgen de un procesamiento alterado de las señales de dolor.
Otras estrategias que pueden resultar útiles son el yoga, la acupuntura, los masajes y el tratamiento manipulativo osteopático (una terapia manual realizada por médicos osteópatas).
Un enfoque multifacético
Crear un plan individualizado que combine varios tipos de terapias no farmacológicas (junto con medicamentos, si es necesario) es una forma eficaz de controlar el dolor, afirma el Dr. Sarno.
También puede encontrar recursos para el manejo del dolor y sesiones educativas en línea a través del programa virtual Functional Integrative Restoration (FINER), creado por la Dra. Jennifer Kurz, profesora adjunta de medicina física y rehabilitación en la Facultad de Medicina de Harvard, en colaboración con el Dr. Sarno.



